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Por la Dirección de Los Reporteros

 

Existe una distancia abismal entre las planillas de cálculo que se celebran con euforia en los despachos del Palacio de Hacienda y el asfalto caliente de las calles de la Argentina. Mientras el discurso oficial se aferra al dogma del superávit fiscal y los mercados internacionales aplauden la rigidez de un ajuste sin precedentes, la microeconomía —esa que se mide en los mostradores de los comercios de barrio, en las góndolas de los supermercados y en las playas de estacionamiento— emite señales de fatiga que ya no se pueden ocultar bajo la alfombra de la batalla cultural.

Esta semana, dos datos crudos se cruzaron en la portada de la realidad nacional para desnudar la verdadera fisonomía de la recesión. Por un lado, la confirmación de que la venta de combustibles cayó por tercer mes consecutivo en todo el país, con un desplome de dos dígitos en el segmento Premium. Por el otro, la letra chica del último informe técnico del Fondo Monetario Internacional (FMI), que lejos de otorgar un alivio tras el desembolso de fondos, regresó a la carga con exigencias draconianas: ampliar de manera masiva la base del Impuesto a las Ganancias para atrapar a más asalariados, endurecer las escalas del Monotributo y avanzar sobre el régimen previsional de la ANSES.

La caída en los surtidores es, quizás, el termómetro más inapelable del enfriamiento productivo. El combustible no es un bien de lujo suntuario; es la sangre que mueve el sistema logístico, los fletes que trasladan los alimentos a los centros urbanos del AMBA y la herramienta obligatoria para el trabajador autónomo o el profesional que debe trasladarse diariamente. Cuando el ciudadano común se ve forzado a abandonar las líneas Premium para migrar a la nafta súper tradicional, o cuando directamente empieza a "fraccionar" la carga solicitando montos fijos para el día a día, lo que se está rompiendo es el margen de previsibilidad mínima del hogar. El auto parado en la cochera o el camión circulando a media máquina son las postales directas de un país que se está apagando bajo la premisa de la austeridad estatal.

Es en esta encerrona donde el pliego de condiciones de Wall Street adquiere un tinte casi provocador. Resulta una paradoja de manual que, en una sociedad donde 7 de cada 10 trabajadores admiten que sus ingresos se agotan por completo antes de alcanzar la segunda quincena del mes, la receta técnica para consolidar las metas financieras consista en succionar un porcentaje aún mayor de los salarios mediante la masificación de Ganancias y el hostigamiento al monotributista. El FMI bendice la quita de regulaciones comerciales y promueve el fin de los impuestos "distorsivos" para el sector corporativo, pero exige al mismo tiempo cazar adentro del zoológico, aumentando la presión fiscal sobre una clase media y trabajadora que ya no tiene qué recortar.

Mientras el ala dura del oficialismo prefiere desviar la atención pública librando batallas discursivas contra la jerarquía católica —acusando de "militar con sotana" a todo aquel que advierta sobre el desabastecimiento de alimentos y medicamentos en las barriadas populares—, la realidad estructural sigue imponiendo sus propios límites. No hay diseño comunicacional avanzado, ni promesas de desregulación en las góndolas eliminando los octógonos de advertencia alimentaria, que alcancen para compensar la licuación de la capacidad de consumo.

El superávit financiero de pizarrón es una cáscara vacía si su único combustible es el agotamiento del tejido social y el parate de las fuerzas productivas reales. Sostener la viabilidad de un modelo económico exige, de manera urgente, levantar la mirada de las planillas de Excel de Washington y empezar a registrar el pulso de los surtidores y los comercios del Conurbano. Porque la economía no se recupera destruyendo los márgenes de resistencia de quienes, con su esfuerzo diario, sostienen en pie los cimientos de la comunidad.

Autor: admin